Thursday, October 01, 2009

Con final feliz
EN BRASIL, LA DEL CANDADO

La noche más pesada sucedió el 23 de enero de 1991. Se anunciaba, en ese orden, a Sepultura, Queensrÿche, Megadeth, Judas Priest y Guns N' Roses, además de varios grupos locales que, aunque no les gustara, estaban ahí para calentar el ambiente. Aunque en verano el ambiente en Rio, es desde ya muy caliente. De ellos, aquel día, el más esperado era Engenheiros do Hawaii, el súper trío de Porto Alegre -dirigido por Humberto Gessinger- que recorría escenarios promocionando su disco E Papa é Pop, en clara referencia a Juan Pablo II.

Diario Expreso de Lima. Febrero del 91.

Como quiera que andábamos en el quinto día del festival, y aún faltaba la otra mitad, había decidido llegar al evento un poco más tarde de lo acostumbrado, para ver únicamente la actuación de las bandas internacionales. A veces, a pesar del ánimo y el amor al rock, la cosa cansa. Más aún, cuando hay trabajo (y otros postres) de por medio.

[LA MANO] Al llegar al Maracaná -el estadio de fútbol que por unos días había sido cedido al rock-, me dirigí como de costumbre a la puerta por donde cada tarde, la credencial de prensa, nos evitaba la inmensa cola. Pero, esa tarde, llegar a la reja de prensa, me costó mucho más de lo usual. Los alrededores del coloso deportivo estaban repletos de gente, mucha, con entradas en la mano.

Mientras sorteaba gente, policías y caballos, además de pancartas en contra de la guerra del Golfo Pérsico (que había comenzado unos días antes, la misma noche que partí de Lima), descubrí que algo extraño andaba pasando. Al acercarme a la puerta y pedir el correspondiente acceso, de pronto, encontré la respuesta. Desde el interior, una mano directa en el rostro, me dijo: "Hoy, nadie más ingresa al estadio". Al ver mi seño fruncido y mi cara de sorpresa, la persona, aún con la mano extendida, gritó: "¡El estadio está abarrotado y si permitimos el ingreso de más gente, corre el riesgo de caerse!". Recién comenzaba a entender que otra mano, tal vez sucia, había (re)producido entradas y estaba ocasionando el problema de la súper población, muy aparte de ser la tarde más popular del evento de diez días, donde la estrella principal de esa tarde era Guns N' Roses, quien llegaba con un muy sugestivo manojo de acompañantes, todos, con la excepción del cantante de Judas Priest, pelucones igual que ellos.

Enero 91. Ian Hill, Rob Halford y Scott Travis de Judas Priest en Rio.
(FOTO: Javier Lishner).

[LA TELEVISIÓN] Me vino la duda. Solo sabía que debía actuar rápido porque, conforme pasaba el tiempo, el problema iba en aumento. Más gente, más policías, más euforia, más locura, más caballos, y hasta lo que hacen los caballos después de un rato de estar bajo el sol. De adentro únicamente se oía música, aplausos y gritos, muchos de ellos, destemplados. Intenté de nuevo y, otra mano, un poco más grande, me recibió prácticamente con el mismo sonsonete. Debía suponer que la guardia de seguridad estaba en sincronía a través de esos radiecitos que la mayoría de veces los hace sentir importantes.
Como quiera que no me encontraba ahí como aficionado, o, por lo menos, es lo que hacía creer, y debía informar sobre lo que estaba sucediendo dentro del estadio (y no necesariamente afuera), pensé regresar al hotel para ver el espectáculo por televisión, el que era transmitido en directo. Viendo todo a través de la Rede Globo podría cumplir, al menos, con la misión periodística. Hacía todo lo posible para autoconvencerme. Pero, honestamente, ser uno más de 580 millones de espectadores, como que no me atraía mucho... encontrándome allí.

[LA REJA] Mientras mi otro yo me decía quédate, en el fondo, creía que iba a terminar pasando a la fila de los televidentes, disfrutando de la noche rockera desde un cómodo sillón. Los minutos transcurrían e iba perdiendo esperanzas. Finalmente, haciéndole caso a mi otro yo (como muchas veces lo había hecho antes), con convicción, decidí quedarme acercándome a una reja y enterrando mis Adidas de rayitas rojas en aquel metro cuadrado. Escogí la reja de la suerte. Empero, antes de toparme con ella -con hambre, calor y sed-, tuve que esperar un buen rato. Mi cabeza, en tanto, iba pensando cómo iba a iniciar el artículo que, a la mañana siguiente, por fax, debía remitir al Perú.
Una pareja de muchachos, más o menos de mi edad, tras un informal saludo con levantada de cejas, se instaló sospechosamente a mi lado. Su portugués no era el más recatado, y, el mío, incipiente. Lo cierto es que, por más que afinaba mi oído, no lograba entenderlos. Mi experiencia criolla, aprendida en las calles peruanas, me decía que este dueto carioca andaba tramando algo. Y, lo que presentía, no era, precisamente, algo muy sancto.

Al lado de un pintoresco artefacto desde donde informábamos al mundo.
(FOTO: Reynaldo Aragón Jr.).

[LA PIEZA] Una pesada pieza cayó sobre mi pie derecho. Mientras veía qué era, la pareja empujó la reja y la multitud que al igual que yo se había mantenido frente al recinto con un hilo de optimismo, se precipitó cual marabunta hacia adentro. Éramos varios cientos. Diría miles.

En la confusión recogí el candado y, como parte de la marabunta, corrí en igual dirección. Guardé mi credencial -que para el momento valía poco-, y dejé el candado en el primer rincón que divisé a mi paso. La idea era buscarlo al final de la noche para guardarlo como sólido testigo de la celebración. En el momento mi conciencia me dictaba que, de encontrarme con él, me podrían responsabilizar de cualquier futuro accidente. Era muy consciente de que, a partir de ese instante, cualquier cosa podía suceder en el famoso terreno de fútbol.

"Sweet Child O' Mine" en el Maracaná la noche de enero del 91.

[EL ESTADIO] Después de cruzar el trecho que separa el enrejado y el estadio propiamente dicho; ingresé al coloso, el mismo por donde tantas veces habían pasado Pelé, Garrincha, Schiaffino y Maradona. Y en el que, en 1950, doscientos mil brasileros, por primera vez, vieron de cerca la Copa Jules Rimet que finalmente ganaron los uruguayos. Se conoció como "El Maracanazo" (con Roque Gastón Máspoli en los tres palos charrúas).

Tocaba Sepultura, el grupo de los Cavalera, a quienes había conocido un día antes. Me habían contado que planeaban ir en marzo a territorio peruano para grabar un video en Machu Picchu. Le siguió Queensrÿche, la banda de Geoff Tate, que se inició en Seattle mucho antes que los Mudhoney, Nirvana y Pearl Jam, y toda esa tribu que salió del noroeste americano. Continuó Megadeth de Dave Mustaine, el ex-Metallica, quienes andaban haciendo la gira del Rust In Peace, su cuarto álbum. Acto seguido, Judas Priest, el fortísimo quinteto de Birmingham, con la doble guitarra de K.K. Downing y Glenn Tipton, los que merecen una nota aparte. Al final, la estrella de la noche, Guns N' Roses, con Axl, Slash, Duff, Izzy y Matt Sorum (el baterista que llegaba de The Cult para reemplazar a Steven Adler). Sorum acababa de debutar con el grupo solo tres días antes, en el mismo campo deportivo. La noche, para los pelucones que gustamos del sonido fuerte de las guitarras, fue más que rebosante.

[LA LLAMADA] A la salida fui en busca del candado pero, como habría de haberlo supuesto, no estaba más. Habían pasado doscientas mil personas antes que yo pudiera encontrar esa presea dorada de fierro, la cual, al igual que el Trofeo Astro de Teleguía, nunca obtuve. Seguí, nomás. Había que prepararse para el siguiente día en que llegaba Santana, con un invitado muy especial de nombre Pat Metheny. Y de estelar, un bajito llamado Prince...

Horas más tarde, ya con el sol afuera, y aún en mi habitación del Othon Palace, recibí la llamada de Johnny López, el popular disc jockey y presentador de la televisión peruana -quien recién se despertaba- y a quien, en el tumulto, no había podido encontrar la noche anterior. Johnny, quien también cubría el evento para otro medio de comunicación, por teléfono, desde su hotel, me dijo: "Te llamaba para saber si leíste en el periódico que anoche se bajaron una reja del estadio...". Mi reporte ya estaba camino al diario Expreso de Lima.

Javier Lishner
San Jose, California
11 de noviembre de 2006

4 comments:

peparias said...

Excelente reseña. Lástima que no llegaras a quedarte con el candado, hubiera sido un gran trofeo en tu museo particular del rock que asumo debes haber ido recopilando a lo largo de tantas vivencias musicales.

Un abrazo.

peparias said...

Por cierto, me permito recomendarte la lectura de una crónica de la movida rockera ochentera en Ayacucho, escrita por un buen amigo mio en su blog: http://enhuamanga.blogspot.com/2009/07/algo-de-memoria-chaplarrockera.html

Saludos.

PP

Javier Lishner said...

Hola Pepe:

Ahora, después de tantos años, sigo pensando que pudo haber sido un gran riesgo el tener el cuerpo del delito en mi mochila. Pero a la vez, sí que hubiera significado un trofeo personal. Hay que agregar que el candado era como del tamaño de una mano. O sea, signficativamente grande.

Un abrazo,

JL

Javier Lishner said...

Hola Pepe:

Acabo de poner su página en mis favoritos. La leeré más tarde.

Gracias por la recomendación.

Saludos,

JL